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Prohibición de apuestas online en Brasil: La valiente decisión de Lula que nadie se anima a tomar

La prohibición de las apuestas online en Brasil reabre un debate incómodo pero necesario: ¿debe el Estado permitir negocios multimillonarios cuando su expansión provoca endeudamiento, ludopatía y un creciente deterioro del tejido social?

Juan Marcos Paris
Por Juan Marcos Paris
•26/9/2026•5 min de lectura•Brasil
Prohibición de apuestas online en Brasil: La valiente decisión de Lula que nadie se anima a tomar

Durante años, las apuestas deportivas online fueron presentadas como una expresión más de la modernidad. Una actividad recreativa, legal y hasta glamorosa, impulsada por campañas publicitarias agresivas, influencers, deportistas, celebridades y clubes deportivos que encontraron en ellas una fuente inagotable de financiamiento. El fenómeno avanzó con tal velocidad que en pocos años las casas de apuestas pasaron de ser un actor marginal a convertirse en uno de los mayores patrocinadores del deporte profesional y uno de los negocios más rentables de la economía digital.

Sin embargo, detrás de esa imagen cuidadosamente construida comenzó a aparecer una realidad mucho menos atractiva: familias endeudadas, personas atrapadas en conductas compulsivas, jóvenes convertidos en clientes permanentes de plataformas diseñadas para mantenerlos conectados y un creciente problema de salud mental que ya no podía seguir siendo ignorado.

Frente a ese escenario, el Presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, tomó una decisión que generó un enorme impacto político y económico: prohibir las apuestas deportivas online y los casinos virtuales en todo el país, incluyendo además la publicidad, el patrocinio y cualquier forma de promoción de la actividad. El gobierno justificó la medida por sus efectos sobre el endeudamiento de las familias y la salud pública, y anunció también iniciativas para endurecer las sanciones contra quienes continúen operando fuera de la ley.

Se puede estar de acuerdo o no con la herramienta elegida. Es razonable debatir si una prohibición total es más efectiva que una regulación estricta. Lo que resulta mucho más difícil de discutir es el diagnóstico que dio origen a la medida.

Por primera vez en mucho tiempo, un líder político decidió reconocer algo que millones de personas ven todos los días: las apuestas online dejaron de ser un simple entretenimiento y se transformaron en un problema social de enormes dimensiones.

Patricinios en riesgo en el fútbol brasilero

La discusión es particularmente importante porque durante años se instaló una mirada simplista sobre el tema. Se argumentó que cada individuo es responsable de sus decisiones y que el Estado no debe intervenir en actividades privadas. En teoría, la idea suena razonable. El problema es que el negocio de las apuestas digitales no funciona como cualquier otro mercado.

Las plataformas no ganan dinero ofreciendo un servicio neutral. Su rentabilidad depende de que los usuarios jueguen cada vez más, permanezcan conectados más tiempo y apuesten sumas crecientes. Para lograrlo utilizan algoritmos sofisticados, promociones permanentes, recompensas instantáneas y mecanismos psicológicos que explotan comportamientos compulsivos de manera extraordinariamente eficiente.

La diferencia entre un casino tradicional y una aplicación de apuestas es que el casino, al menos, exigía desplazarse físicamente hasta un lugar determinado. Hoy el casino está en el teléfono celular. Está en la mesa durante la cena familiar. Está en la habitación de un adolescente. Está disponible las veinticuatro horas del día. Nunca en la historia apostar fue tan fácil.

Por eso las declaraciones de Lula tuvieron tanta repercusión cuando describió a las apuestas online como una verdadera enfermedad social y afirmó que están destruyendo millones de hogares. El mandatario sostuvo que prefiere perder la recaudación asociada a la actividad antes que seguir observando el deterioro económico y psicológico que provoca en parte de la población.

Lo interesante de esta discusión es que obliga a replantear una pregunta incómoda: ¿debe una sociedad aceptar cualquier negocio simplemente porque genera ganancias? Claro que no. Por algo muchos mercados están prohibidos. El tema a discutir es porque algunos lo están y otros, no.

Es relativamente sencillo enfrentar actividades que carecen de poder económico. Lo verdaderamente difícil es enfrentar negocios multimillonarios que tienen capacidad de influencia política, presencia en los medios, recursos para hacer lobby y alianzas con instituciones populares como el fútbol. El valor y agallas de Lula para tomar esta decisión es impresionante y no se las veo a otro mandatario de la región, ni del mundo.

En ese contexto, lo habitual es que los gobiernos miren para otro lado. Resulta mucho más cómodo recaudar impuestos, disfrutar del flujo de inversiones y evitar conflictos con sectores poderosos.

Lula eligió otro camino.

Y más allá de cualquier simpatía o diferencia ideológica que pueda existir con el presidente brasileño, es imposible no reconocer que hace falta una dosis importante de coraje político para enfrentarse a una industria que mueve semejantes cantidades de dinero. Especialmente porque el discurso dominante en las últimas décadas ha sido exactamente el contrario: si un negocio genera empleo e ingresos, entonces debe ser promovido.

Nadie evaluaría el narcotráfico por su capacidad para mover dinero. Tampoco se juzga el trabajo infantil por la productividad que genera. Hay prácticas que una sociedad limita porque entiende que el daño que provocan es superior al beneficio económico que producen.

Las comunidades también deben preguntarse qué consecuencias humanas tienen determinadas actividades. Y allí es donde el caso brasileño adquiere relevancia para toda la región.

Imagen

Argentina enfrenta exactamente los mismos desafíos:

Las publicidades de apuestas invaden las transmisiones deportivas. Los jóvenes son bombardeados por promociones permanentes. Las camisetas de fútbol funcionan como carteles publicitarios de plataformas de juego. La ludopatía juvenil dejó de ser una preocupación marginal para convertirse en un problema cada vez más visible. Aun así, pocos dirigentes parecen dispuestos siquiera a abrir una discusión seria sobre el tema.

De hecho, uno de los aspectos más interesantes de la postura de Lula es que no se apoya exclusivamente en una lógica moral. El gobierno vincula directamente el fenómeno con el endeudamiento de los hogares y con efectos concretos sobre la salud mental, entendiendo que se trata de una cuestión de salud pública y no solamente de preferencias personales.

Y tal vez esa sea la enseñanza principal que deja este episodio.

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